jueves, 22 de octubre de 2026

04. Abrahán (III): Sacrificio de Isaac. Gn 22.

 

El sacrificio de Isaac. Gn 22

El relato que recoge el capítulo 22 del libro del Génesis es escandaloso. El mismo redactor se escandaliza de que Yahvé se identificase con Moloc (dios cananeo que exigía sacrificios humanos) y por eso tiene necesidad de decirnos que «Dios quiso poner a prueba a Abrahán» (v 1). El texto trata de una prueba de Dios "para ver si" Abrahán creía en Dios de veras". El autor del texto nos tranquiliza desde el principio dicendo de entrada que es una prueba de Dios.

Las analogías (el juego contrastado de semejanzas y diferencias) con la pasión de Cristo han fascinado a la tradición, que se ha complacido en identificar el monte Moria con la colina de Sión (Jerusalén), de este modo el lugar de ambos sacrificios, el de Isaac y el de Cristo habrían ocurrido en el mismo lugar.

¿Cómo interpretar este texto? Todo radica en la relación de las dos palabras-mandato atribuidas a Dios en él. Hemos de interpretarlo desde esas dos intervenciones de la Palabra de Yahvé: la orden de sacrificar a Isaac: (v 2)  y la orden de no hacer ningún daño (v 12).

Dios parece contradecirse pidiendo primero una cosa y luego lo contrario. La verdad del relato está en la relación entre estas dos ordenes aparentemente contradictorias. ¿Qué nos enseña el texto en concreto?. Anotamos cinco enseñanzas:


1

La verdad última del relato es que Dios no quiere la muerte del hombre, sino su vida. Con el mandato del sacrificio de Isaac se provoca la conversión de Abrahán, que en un principio parece admitir que Dios puede exigirle ese sacrificio. Luego Dios detiene la mano. Esta acción de Dios contiene un mensaje: Dios prohíbe de manera absoluta los sacrificios humanos; y de paso nos sirve a nosotros para evitar cualquier interpretación de la cruz de Jesús según la cual el padre habría querido directamente la muerte de su Hijo.

La voluntad de muerte viene de la conciencia religiosa espontánea de Abrahán; éste atribuye a Dios una violencia que considera normal en los hombres. El relato es el testimonio de esta proyección (primitiva y actual) sobre Dios del impulso de muerte que anida en el hombre. El relato traduce la experiencia dolorosa de Abrahán, que pasó de la imagen pagana de Dios (Dios exigente que quiere la muerte del hombre), a la imagen convertida de un Dios lleno de cariño y de amor, totalmente distinto de la imagen que de él se hace el hombre. 

Anotamos aquí que la pedagogía de la revelación bíblica no vacila en atribuir a Dios ciertos comportamientos que son el reflejo del corazón pecador del hombre. Pero Dios no es así, y este pasaje bíblico tiene precisamente el significado de que hay que cambiar y convertir esa imagen de Dios que pide sangre y sacrificios, como si Dios, para ser Dios,  necesitara de nuestro amor expresado en sacrificios.

2

La conversión de Abrahán no se produjo a través de una enseñanza especulativa, sino a través de la prueba de la noche. Sea cual fuere el error de Abrahán  -hoy hablaríamos de un error invencible que deja al hombre en la buena fe-, lo cierto es que obedeció a una orden que le hacía sufrir en lo más vivo y querido que tenía: su hijo. No sólo es una orden cruel, sino un contrasentido: ¿qué ocurrirá con la promesa, si Isaac muere? Obedeciendo esta orden sin fallos, pero no sin corazón, Abrahán entra en la noche de la fe. Pasa por la experiencia demasiado humana del sin-sentido de la vida y del mismo Dios. Pero su fe no vacila.

Es esta una buena lección para quienes quieren creer en fe buscando respuestas en ideas y especulaciones teóricas. A Dios se le conoce en la noche de la fe, en los sufrimientos. La fe se pone a prueba y se madura en las dudas. Cuando se afrontan las contrariedades de la vida y estas se superan abandonándose a Dios a pesar de la dificultad, se puede decir con Job: "Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos" (42,5).  



3.

Junto a la obediencia de la fe de Abrahán, la de Isaac también prefigura la obediencia de Cristo. Isaac  toma la leña sobre sus hombros para subir al monte, signo de Cristo con la cruz; y, según la tradición judía en un comentario a Gn 22,9-10,  dice a su Padre “átame fuerte que yo no me resista” (tradición judía).  ¡Átame! (Aquedáh en hebreo): 
«Abrahán extendió la mano y tomó el cuchillo para sacrificar a su hijo Isaac. Isaac tomó la palabra y dijo: “Padre mio, átame bien para que yo no te de golpes con los pies de tal modo que tu ofrenda sea inválida y yo sea precipitado en la fosa de la perdición en el mundo venidero”. Los ojos de Abrahán estaban fijos en los ojos de Isaac, y los ojos de Isaac estaban vues hacia los ángeles de lo alto. Abrahán no los veía. En este momento descendió de los cielos una voz que decía: “venid a ver a dos personas únicas en mi universo. Una sacrifica y la otra es sacrificada; el que sacrifica no duda y el que es sacrificado extiende la garganta”».
San Clemente, en su carta a los Corintios (31,3) se hace eco de la misma idea: «Isaac, sabiendo lo que le esperaba, se ofreció confiada y voluntariamente al sacrificio». Así se puede establecer una relación de parentesco entre el sacrificio de Isaac y la entrega pascual de Jesús. La presencia de Isaac no fue entendida pasivamente, no consistió en un dejarse morir, sino que aceptó con ánimo su sacrificio; se ofreció voluntaria y personalmente. Así, el sacrificio de Isaac (Aquedáh) se compara con el de Cristo en el monte Calvario. En ambos están presentes el padre (Abrahán y el Padre Dios)  y el Hijo (Isaac y Jesucristo).


4.

Abraham vivió de algún modo en su carne el paso de una concepción peligrosa y ambigua del sacrificio como materialidad a una concepción totalmente espiritual. Lo que cuenta a los ojos de Dios no es la materialidad del sacrificio sino la disposición interior. Y se le felicita precisamente por eso: «Ya veo que obedeces a Dios y no me niegas a tu hijo único» (Gn 22,12). Este verdadero sacrificio no tiene necesidad de la inmolación, es el don de la libertad y del corazón, es la respuesta amorosa al Dios que lo ha dado todo. Abrahán y nosotros somos invitados a pasar de la idea del sacrificio sangriento al espiritual, pero ciertamente real, porque se vive en nuestra existencia. Este sacrificio espiritual se confunde con la fe e inspira la conducta. Todo esto se le imputó como justicia y lo puso en comunión de salvación con Dios.


5.

La obediencia de Abraham estaba ya impregnada por la fe en la resurrección. San Pablo destaca la fe de Abrahán en el momento de la alianza que Dios establece con él (Rm 4).  La carta a los Hebreos la destaca especialmente en el episodio de Gn 22 (Hb 11, 17-18), esta carta dice que Abrahán  pensaba que Dios es capaz de resucitar a los muertos.

Antes de que Dios detuviera su mano dispuesta a sacrificar a su hijo en el monte  Moria Abrahán ya había creído que Dios podía sacar vida (descendencia, un pueblo) del vientre seco de Sara. Al obedecer el mandato de sacrificar a Isaac, que sería el hijo por el que tendría una descendencia tan numerosa como el polvo de la tierra (Gn 13,16) o las estrellas del cielo (Gn 15,5), se sabe que Abrahán intuía con fe que Dios puede sacar vida de la muerte. En caso contrario no habría obedecido. En Jn 8,56 Jesús dice que "Abrahán, vuestro padre, se alegró sólo con el pensamiento de que iba a ver mi día; lo vió y se llenó de gozo", palabras citadas en el contexto de una discusión acerca de la resurrección.

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Octubre 2026
C. A.

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